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Un Magritte gandalla

Por Ricardo Pohlenz

Hugo Lugo te engaña desde el lienzo. El hecho de la pintura se vuelve una excusa para el cuento. No es cómo está pintado, sino –y en gran medida- por lo que está pintado. A partir de temas y tropos sentimentales superadas, Hugo hace mella en el punto justo en el que su flagrante abuso de algunos monstrismos sentimentales pega entre kitsch y relectura. ¿Será? Globos, cajas y juguetes situados en la desproporción sirvieron escenario para sus figuras humanas, casi Magritte en sus contrastes y aún, tan cerca de esa facilidad lírica de lo cursi. Se trata, sin embargo, de un rigorista, entregado a detalles tan ridículos que resulta inquietante. Hugo Lugo hace representación de un sentimentalismo escatológico, con algo de esa vocación manierista en desuso tenida por un bellísimo ideal, convenido como arte menor y heredado como oficio popular, limitado en sus alcances (ofrecido como representación ética). Las licencias que se toma para lo bonito suponen un desdén, una violencia en su transposición de valores. Adorno en cuánto a que no lo es, en que no lo pretende, fingido pintor para sociales y aún, pintor social. Si lo que pinta Hugo Lugo fuera lindo, pero no.

Lo que pinta supone la representación de un borde de las cosas, un abismo tenso en sus ritos, negado con la discreción que se tiene al respecto de una mentira sabida. ¿Es metáfora de la nieve el papel hecho confeti? El proceso del confeti es otro al de su fiesta. Una vez visto se pierde la sucesión estrambótica de penetraciones al papel para que se haga el confeti. Desintegrada la desintegración que supone su proceso es nieve; negada en su origen pero no en su ilusión es fiesta. El documento que sobrevive a la masacre: la hoja de papel agujereada es presentada como el gesto para un cielo constelado.

Una representación tan esmerada de los objetos no supone sino una sorna. Este terreno de explotación descubierto por Hugo Lugo entre el papel y la nieve no viene sino a continuar las revisiones formales tenidas, desde ese mirarse dentro idílico tenido en su trabajo anterior. En su Objeto de remplazo, dado a la desproporción, retrata de espaldas a un mínimo espectador con vaqueros y chamarra roja armado con un hacha que contempla un plato decorativo de tamaños muralistas. La fascinación por el objeto puede llevarlo a destruirlo o igual, a dejarse seducir y soltar el hacha. Enseñado por la Warner, no sabemos que hará, no nos cuenta esa historia, esa anagnórisis que va más allá del objeto mismo. Como ese plato, tantos platos; en el borde de la utilidad, insiste –un poco socarronamente- por valores y asumidos. La provocación queda prácticamente desmentida en su modo: eso que la convierte en una trampa formal, subversión hecha adorno, domesticada, si se quiere, o puesta en una jaula para su exhibición.

Inasible, casi, Hugo Lugo es una tentación abisal, como romance medieval sin gesta ni dama (vaya, sin romance medieval, pero ahí, todavía como para decirlo, desde los valores que finge decir). El territorio formal de Hugo Lugo es inasible, casi. Sus figuras tienden una sombra aunque no tengan lugar, más allá del color que decide sus contextos. No se sostiene, o casi, pende, cabe como escenario ideal para una exhibición, en el tal cuál que desnuda a las figuras más allá de sus correspondencias, aisladas a lo feliz como abuso y alarde de una técnica y estilo que apela a los rigores relegados al arte menor (un guiño para el alma, a fin y al cabo) desde donde sugiere una ética perdida para siempre, una promesa incumplida. Es tal la vanagloria de su esmero (su empeño) que ya no sé si la representa con candor o ironía ese limbo tan mono: mucha de su gracia está ahí. El mundo de Hugo Lugo está bien vestido (y bien iluminado), no tiene más allá y el detalle (porque el detalle existe) se presenta con una retórica de un lucimiento proclive a deslices posrománticos.

Es el papel el tema de las nuevas investigaciones topográficas de Hugo Lugo. El papel del sentimiento, el sentimiento del papel, una nueva metáfora desmentida. El papel, lugar íntimo de una infancia en proyecto, resto de sueño y conclusiones, donde todo se dobla y se exhibe con magnificencia doblada. Lugar donde se abusa de lugares comunes, el papel, rayado de origen, dado a la escritura, al dibujo, a un mancillamiento declarado en la invitación inmaculada de su primera naturaleza. El papel sin signo no es nada, no dice nada. Con doblarlo por la mitad se convierte en mensaje, con hacerlo bola queda dicho aborto. ¿Cuál es el papel del papel? Hecho avioncitos es convertido en proyectiles lanzados en un díptico entre hombre y mujer que, dadas sus convenciones exhibe como máxima inferida que toda seducción es una invasión. Hecho barquito, se presenta para ser abordado por un viajante, con todo y maleta (esa versión estilizada de la caja –motivo esencial de Hugo Lugo- aunque más portátil (con su manija) y una paraguas a juego (aunque no llueva en el lienzo). Dibujado el paisaje se convierte en paisaje posible para la figura (pintado sobre el dibujo pintado del paisaje). Alarde que se jacta aunque no sea más que gesto, de una emoción que surge del desliz bohemio, siempre una paradoja a mansalva. El en te-quiere-porque-te-maltrata todo es invocación, es catálogo, licencia, burla: representación del mundo como se quisiera, siquiera.

Hugo es un Magritte gandalla. Magritte ofrece el mundo alternativo, el sueño. Lugo lo decanta, lo exhibe en sus carencias, lo explota con parsimonia, lo dice y luego dice, no es cierto. Afanado en un coctel entre oleos y acrílicos en cuanto a conato material para el lienzo (que habla de velocidades, brillos y caducidades) exhibe manuales de instrucciones -todavía posibles- en un territorio que confunde y traduce contenido a partir de una poética que le resulta irresistible explotar.

Paradoja y exhibicionismo de un don, en el doblez está el dibujo por ser revelado, es en el papel donde viven, aprisionados como espíritus de algo más, sus figuras. Un mago representado sin más, en la hoja de un cuaderno (el formato es el de una hoja de cuaderno literal). Vestido con suéter verde, queda desnudado y sin mérito. Sabes que es un mago porque así lo señala la ficha del título. El personaje está demasiado clavado en lo que hace como para saber si lo hace para un público o para sí mismo.

Entre las figuras desarticulados de todo contexto (que no sea el papel rayado desde donde fueron representadas, como ocio esencial) y el doblado y desdoblado del papel se tienta la libertad como un mundo perdido en las convenciones que se tienen para las ilustraciones del libro de cuentos. El secreto está en cada pliegue del papel doblado, o ni siquiera. Es la necesidad de sentido que provoca encontrarle sentido a los pliegues. No saber nada de las figuras, revestidas apenas con sus gestos y acciones, les da una potencia casi gratuita, son todo porque no son nada. En ese facilismo tropieza siempre la vena romántica (como en el bar, a la hora de las complacencias). Puede presumirse como un barroquismo, Hugo Lugo hace gala de una obsesión entregada a la perdida de alcances, se burla pero casi, un poco desde la barrera pero no, casi más allá, asomado de más. Es con el casi con el que siempre se cae.



No llueve en el norte
No llueve en el norte, 2007

Terapia de ruido
Terapia de ruido, 2007

Paisaje debil
Paisaje debil, 2007

Proyectil
Proyectil, 2007