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Obstinaciones

Por Marcela Quiroz

Sobre la lejanía de las imágenes Walter Benjamin ha dicho que el placer del soñador reside en poner un término a la naturaleza en el marco de las desvaídas imágenes; conjurarla bajo una llamada nueva es el don del poeta. ¿Dónde se sitúa la obra de Hugo Lugo frente a esa “complacencia del mundo” propia de las imágenes de la que duda el teórico alemán en tanto “obstinación sombría contra el saber”? Hugo Lugo hace que su obra refiera al interior del gesto que las fabrica; Lugo pinta lo representado, haciendo del dibujo objeto de representación. Pero es probable que nos equivoquemos al pensar que lo que habita los cuadros de Lugo son objetos representados; su obra ha dado antes, un paso adelante, decidiendo por la representación misma como objeto puesto en práctica. Así que en su trabajo no se enfrenta jamás el mundo y su imagen. Esa lejanía de la que habla Benjamin, la que separa el mundo de su experiencia, parece ser el primer supuesto en el trabajo de Lugo. Insalvable la distancia entre la imagen y el mundo Hugo Lugo decide no recorrerla, en cambio, salta directamente entre representaciones.

Superada la nostalgia que suele tender el hombre sobre la naturaleza, es frecuente escuchar el rumor de la ironía en sus soledades. Es ésta una de las constantes en la obra pictórica característica del artista radicado en Tijuana, sus representaciones —al haber dejado de lado la anécdota, por voluntad o por tragedia— no tienen más que sostenerse solas; a veces en pares de dípticos desolados. La representación enfrenta su orfandad de mundo y es el instante encandilado de los hombres/imagen de Lugo lo que parece estar siempre a unos pasos del vacío. Pero cuando Lugo decide deshabitar estos vacíos representados y los emplaza en tridimensión resulta que cuando sus hombres se salen del cuadro, habitan de vacío el espacio. Uno de los proyectos recientes de Hugo Lugo presentado en el Centro Cultural Tijuana es ejemplo de ello.

Dentro del programa de “Ephemeral arte en muros” del CECUT dentro del cual invitan periódicamente a artistas jóvenes residentes en Tijuana o en San Diego a crear una obra temporal, Lugo instaló en intervención de un espacio comúnmente transitado por personal y visitantes: El límite de la memoria. Instalación pictórica, escultórica y sonora donde explora los delicados e intransigentes límites a los que aludiera Benjamín hace más de sesenta años en el espacio de unas pocas líneas entre el soñador y el poeta. Al centro de la sala, un hombre con cabeza de casa de pájaros. Sobre los muros que le circundan y apresan, un bosque replicado en la literalidad lineal del dibujo que ejercita Lugo en sus creaciones pictóricas, parece alojar — sin reconocer — a par de zorros, un venado, un aeroplano y una cabaña de ladrillo, techo de madera y humo por ventanas. El hombre pintado/esculpido que al centro de la sala levanta los brazos extendidos al frente queriendo avanzar sin daño permanece estático como la cabaña, el venado, los zorros y el aeroplano, haciendo del gesto estancia de significado. Significado encerrado en una cabeza hecha de madera y falsos pájaros sobre la que recorre apenas el sonido “natural” digitalizado que condensa el ambiente de la pieza. Se escuchan pasos, vidrios que se rompen, golpes a la distancia, respiración agitada… o al menos eso se cree cuando la mirada instalada en medio de la obra de Lugo se declara insuficiente y entrega su posibilidad de aprehensión al audio. Pero a pesar de las posibles continuidades entre lo pintado, lo plantado y lo escuchable, la escena de Lugo se sustrae a la posibilidad de narración. Incluso cuando parecería no ofrecer al espectador otra cosa sino los sujetos de un historia, probablemente macabra. Girando en torno a ese “falso” sujeto inmerso en una “falsa” naturaleza entre ruidos de una escena simulada sobre lo representado pero montados en loop develando al atento escucha la trampa de su pista, parecería ser que no nos queda más que habitar la lejanía que sustrae toda imagen del mundo; como si los límites de la memoria estuvieran efectivamente, próximos a ser representados. Entonces nos damos cuenta de que los instantes de la escena se repiten desde distintos ángulos al recorrer del espacio que intenta nuestro cuerpo impreciso, buscando los momentos “otros” del sujeto; como si la memoria de lo que hubo de suceder antes de nuestra llegada pudiera aún apreciarse. Es un asunto de tiempo el que separa el sueño del conjuro. Benjamín dividió a los creadores de imágenes en soñadores y en poetas. Calculo que sus razones se relacionaban también con la memoria. Y vemos un hombre pintado en escultura al centro de la sala, quizá soñándose a sí mismo caminando entre un bosque accidentado que parece acompañar su invidencia de presente representando el pasado. Pero es probable que sea alguno de esos otros hombrecitos a muro el que esté —desde el fondo de la imagen— conjurando un espacio aún no imaginado más allá de la representación para el tiempo de la memoria.

Reflexionando sobre su propio quehacer Hugo Lugo ha dicho que le interesa representar “situaciones poco probables en un mundo de personajes posibles” y sugiere para ello tres estancias de comprensión de la “naturaleza” —aquella de los objetos del mundo; aquella que figurativamente despliega el género pictórico como representación; y aquella propia del hombre y sus afecciones. El límite de la memoria es una búsqueda por desplazar en sitio el tiempo o estadía de lo representado dentro de la representación.

Originalmente publicado en Art Nexus, núm. 70, Sept–Oct 2008



Sin titulo
Sin título, 2004

El limite de la memoria
El límite de la memoria, 2007